Cómo arreglar el tomate
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En: lavanguardia.es, Digital - 19/05/2017
Lo compre donde lo compre, lo más probable, lector, es que el tomate que se lleve a la boca y todos los tomates que hasta ahora haya comido en su vida- contenga una mutación procedente del Neolítico, de hace entre 8000 y 10.000 años, cuando dio comienzo la agricultura.
Fue entonces cuando indios nativos de América del Sur y Central empezaron a domesticar una planta que daba unos frutos verdes similares a un guisante y que poco a poco transformaron en el antecedente del tomate que hoy conocemos. Lo hicieron sin conocimiento alguno de genética, de manera instintiva, y seleccionaron aquellas plantas que tenían el cáliz más grueso. Por qué motivo, se desconoce. Puede que en aquel momento ofreciera alguna ventaja respecto a los tomates con el cáliz más pequeño. O simplemente, a los primeros agricultores les gustara más así la planta, y fueron seleccionándola y cruzándola de manera que ese rasgo pasó a integrarse en el genoma de la mayoría de variedades del tomate moderno.
Y aunque no es tan probable como esta primera mutación del Neolítico, puede que el tomate que se lleve a la boca contenga otra procedente de mediados del siglo pasado. Esa mutación, que también se produjo de manera espontánea y natural, se halla en un gen llamado Jointless2 y cuando una tomatera la presenta, tiene tallos más finos conectados a la fruta y más fuertes a la planta. Eso favorece que los tomates no se caigan al suelo al estar maduros, lo que facilita la recolección tanto automática como manual.
(Àlex García)
Ahora bien, y por paradójico que parezca, estas dos mutaciones beneficiosas, producidas de forma natural y espontánea por la planta, cuando se encuentran en un mismo individuo en lugar se sumar fuerzas, restan: las tomateras hacen muchas ramas, de las que brotaban muchas flores pero en lugar de traducirse en muchos frutos, la tomatera baja la producción.
Aunque a primera vista pueda parecer que es positivo porque más ramas significa más flores, lo que podría traducirse en más frutos, lo cierto es que más ramas y más flores no dan como resultado más frutos, explica Zachary Lippman, genetista de plantas en el Laboratorio Cold Spring Harbor.
Y es que la planta para poder producir esos tomates debe dedicar muchos recursos a medida que empiezan a crecer, y eso le produce un desequilibrio que hace que la fertilidad disminuya.
Y eso en un momento en que se busca cada vez aumentar la eficacia y sostenibilidad de la agricultura, en que con menos recursos se quiere aumentar la producción por metro cuadrado, para así hacer frente al desafío de alimentar a 10.000 millones de personas en 2050, es insostenible.
Lippman llevaba años trabajando en la genética del tomate cuando se topó con el caso de tomateras que presentaban estas dos mutaciones positivas pero que eran menos productivas que otras. Queríamos entender por qué se producía esta interacción negativa entre dos mutaciones beneficiosas. Y conseguimos diseccionar la interacción genética, identificar los genes concretos y la mutación responsable, y neutralizar la interacción entre ambos, explica este investigador.
El tomate, un alimento hidratador del cuerpo humano, particularmente veraniego
(Archivo)
Usaron técnicas de edición del genoma, CRISPR/cas9, para entender cómo interactuaban los genes, qué genes eran responsables de que las ramas generasen flores y qué genes se encargaban de los patrones de crecimiento de las ramas. Asimismo, consiguieron editar el genoma de la planta y neutralizar la interacción negativa, de manera que lograron plantas que daban lugar a más producción de tomates.
En un trabajo que publican en la revista Cell, los autores aseguran que este descubrimiento puede ayudar a los agricultores a sobrepasar algunas barrearas en agricultura y puede aplicarse a otros cultivos, como el arroz, el maíz, el trigo, en los que también se pueden producir interacciones negativas entre mutaciones beneficiosas procedentes de la domesticación.
Gracias a la secuenciación del genoma han podido estudiar en profundidad esta variabilidad genética y han logrado escapar de lo que parecía un camino sin salida, comenta Toni Gabaldó, investigador Icrea, Jefe del grupo de bioinformática y genómica del Centre de Regulació Genòmica (CRG) de Barcelona, que no ha participado en este trabajo. Gabaldon apunta que los resultados de este estudio pueden ser muy útiles para los agricultores, para mejorar sus cosechas no solo de tomates, sino también de patatas, berenjenas, puesto que los resultados del estudio pueden aplicarse a más cultivos.
Para Jordi Garcia-Mas, investigador del IRTA en el Centre de Recerca en Agrigenòmica (CRAG) y coordinador del programa de genómica de plantas y animales del CRAG, cuando el ser humano empezó a domesticar las especies vegetales, lo hizo de forma amateur. Ahora que disponemos del genoma, sabemos qué genes son responsables de cada mutación, por lo que somos capaces de mejorar las variedades de forma más dirigida.
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(Xavier Gómez)
El genoma del tomate de cultivo se secuenció por primera vez en 2012. Fue un primer paso hacia la mejora de las propiedades nutritivas, de la resistencia a enfermedades y plagas, del sabor y del color de este alimento. Los artífices fueron científicos del Consorcio de la Genómica del Tomate, una colaboración internacional en la que participó el CRG. Entonces, los investigadores vieron que este fruto tenía 35.000 genes y que seguramente sufrió varias triplicaciones consecutivas hace 60 millones de años, lo que podría haber salvado al tomate e la última extinción masiva que acabó con el 75% de las especies de la Tierra, incluidos los dinosaurios.
Uno de los peligros de los cruces es que se pierda diversidad genética. De ahí, apunta Gabaldón que ahora se estén intentando hallar nuevas variedades cruzando las especies domesticadas con especies salvajes o semi salvajes, o antiguas.
Que este avance en la genética del tomate llegue al campo y al consumidor está por ver. Primero, indican Gabaldón y Garcia-Mas, hay que ver qué ocurre en el campo, pasar controles y luego es probable que en Estados Unidos se aplique esta mejora, aunque no en Europa. Aquí hay más resistencia a la modificación genética de alimentos.
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