Grupos cárnicos de laboratorio
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En: elpais.com, Digital - 19/03/2018
Además de razones de negocio, como reducir la volatilidad de los precios por epidemias, sequías o inundaciones, terminar con la cría de animales y comenzar con el cultivo de células como forma de producir carne, tiene otros efectos beneficiosos. La reducción en los gases de efecto invernadero es uno de ellos. De acuerdo con la agencia alimentaria de Naciones Unidas (FAO), un 14,5% del calentamiento global se explica por la cría de animales, lo que supera al 14% del CO2 emitido por todos los medios de transporte del mundo, según los datos de la agencia estadounidense de protección medioambiental.
Formar parte del cambio
Pero pocas empresas llegan a multinacionales del tamaño de Tyson o Cargill olvidando su cuenta de resultados para ocuparse exclusivamente de lo que es bueno para el planeta. Si están ahí es porque huelen el negocio. Como dijo Justin Whitmore, vicepresidente de estrategia de Tyson Foods, a la ONG The Good Food Institute, no se trata de perder con el cambio sino de "formar parte del cambio".
Según Matt Ball, de The Good Food Institute (dedicada a promover alternativas a la carne tradicional), la carne proveniente de cultivos de células dará sus primeros pasos en restaurantes de lujo en un plazo no superior a tres años. Para pasar del producto exclusivo al masivo, las empresas confían en los avances tecnológicos y las economías de escala.
"Si escaláramos la producción hoy, nuestra carne seguiría siendo 10 veces más cara que la tradicional; para llegar a un precio de ocho euros por kilo tenemos que aumentar la cantidad de células que podemos hacer crecer", explicó Mark Post, el científico de la universidad de Maastricht que en 2013 creó la primera hamburguesa del mundo a partir de células cultivadas.
En opinión de Post, para que se dé el avance tecnológico que llevará la carne cultivada hasta las góndolas sólo hace falta tiempo: "Podríamos llegar en tres años, pero mantengámonos en el cálculo conservador de cinco o seis años". Tras su desarrollo científico, Post fundó Mosa Meats, una startup de carne cultivada similar a Memphis Meats. El nombre de los accionistas no es público pero Post asegura que entre los que lo respaldan hay "filántropos preocupados por el bienestar animal, multinacionales de biotecnología y empresas cárnicas europeas".
Maple Leaf Foods, en Canadá; y PHW, en Europa son las otras dos gigantes del sector que han apostando por startups de carne cultivada. En enero, PHW participó en la ronda de inversiones que inyectó tres millones de dólares en SuperMeat, una tecnológica israelí que, mediante el cultivo de células, piensa desarrollar un producto perfectamente sustituible en sabor y textura a la carne tradicional de pollo. Sólo que sin sufrimiento animal ni restos de antibióticos en el sistema. Como dijo Shir Friedman, su cofundadora, "el mercado objetivo no es el de los vegetarianos o veganos del mundo, sino el de todos los que comen carne hoy".
Ball va un poco más allá en sus elogios a la carne in vitro, como también se le llama en el sector. No sólo podrá igualar el sabor y las propiedades de la carne tradicional, dice, sino que la mejorará: "Se podrá hacer una versión exactamente igual o una con diferentes sabores y perfiles nutricionales en función de los deseos del consumidor".
El desafío es tan grande como la recompensa. En Estados Unidos, el Departamento de Agricultura estimó que en 2018 llegarán al máximo histórico de 100,8 kilos de consumo de carne promedio. En España, y según los datos publicados por la Asociación Nacional de Industrias de la Carne, el sector cárnico es el primero de la industria alimentaria, con más de veintidós mil millones de euros de negocio anual.
Tan importante como las virtudes del nuevo producto es el hecho de que las grandes empresas del sector estén apostando por él y no frenándolo. Como dice Ball, "si lo único que quisieran es hacerse buena publicidad tendrían muchas otras maneras de invertir todo ese dinero".
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