Los transgénicos vuelven a ganar peso en Aragón frente al maíz tradicional
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En: heraldo.es, Digital - 05/02/2018
Aragón sigue siendo el principal granero europeo de maíz transgénico. El cultivo de organismos genéticamente modificados es algo afianzado en la Comunidad desde hace casi dos décadas cuando se vio en una de estas variedades la mejor salida para combatir la plaga del taladro, un pequeño gusano que asoló durante varias campañas las plantaciones del Valle del Ebro.
Sin embargo, mientras en la mayoría de países de Europa la producción de transgénicos ha ido a la baja hasta casi desaparecer, en España, y con Aragón como mayor productor, su cultivo se ha afianzado a pesar de la polémica con la que muchas veces los sigue percibiendo parte de la opinión pública.
Según los datos facilitados por la DGA a partir de las declaraciones de la PAC, durante el 2017 en la primera cosecha de maíz se plantaron en Aragón 28.112 hectáreas genéticamente modificadas (el 51% de todo el maíz de la comunidad) por 26.897 de maíz convencional (el 49%).
Las cifras de este último curso llegan después de que entre 2015 y 2016 los transgénicos perdieran fuerza en la Comunidad por primera vez desde su implantación, una tendencia que parece revertirse. En total ahora mismo hay 2.000 hectáreas más que hace dos años plantadas con semillas modificadas genéticamente. Y ello a pesar de que la superficie total de maíz en Aragón se ha reducido debido a la sequía por las altas cantidades de agua que necesita este cultivo, pasando de un total de 62.000 en 2015 a 55.000 en la actualidad. Como resultado, entre medio de estas dos campañas los cultivos convencionales destinados al consumo humano han perdido la hegemonía pasando de representar el 56% de toda la cosecha al 49% en la actualidad.
España (con Aragón a la cabeza) es el único granero transgénico en Europa
Los datos que maneja la DGA difieren en gran medida de los que utiliza el Ministerio de Agricultura, que eleva las hectáreas cultivadas con transgénicos en Aragón por encima de las 49.000, casi el doble. Esta diferencia se debe a que el Gobierno Central extrae sus estadísticas de la venta de semillas, que al sembrarse el maíz dos veces al año, se contabilizan por dos.
De un modo u otro, la metodología del Ministerio es la que prevalece para Bruselas y otros organismos internacionales, donde se ve claramente cómo España se ha quedado como único país con un cultivo de transgénicos relevante, hasta el punto de sembrar casi el 95% de todo lo que se produce en la Unión Europea.
Por detrás de España solo aparecen Portugal con 7.000 hectáreas y la República Checa y Eslovaquia con plantaciones casi anecdóticas. Para hacerse una idea, Aragón planta 7 veces más maíz transgénico que todo el resto de la Unión. Junto con Aragón, que tiene casi el 40% de todo el maíz transgénico de España, aparece como destacada también Cataluña con 39.000 hectáreas, y ya a más distancia Extremadura con unas 14.000.
La 'soledad' de España en el cultivo de transgénico frente a sus socios europeos ha ido a más en los últimos años después de que la Unión aprobara en 2015 una nueva regulación que permite a cada Estado ser independiente para prohibirlos o permitirlos. Países como Francia tomaron la norma para excluirlos de sus campos definitivamente mientras que otros como Alemania o Polonia, que hace unos años los plantaban, han dejado de hacerlo.
Del complicado debate a los problemas para los agricultores convencionales
El debate en Europa sobre los transgénicos nunca ha acabado de cerrarse, y nada apunta a que lo haga en los próximos años. Mientras esta biotecnología ha sido ampliamente abrazada en Estados Unidos y varios países de América Latina, la visión del consumidor europeo y las preventivas normas de Bruselas en materia alimentaria han hecho que su implantación en el viejo continente sea muy escasa.
Aunque Bruselas ha dado luz verde a la comercialización de más de 30 variedades transgénicas distintas, solo dos han tocado tierra realmente. El principal es el maíz MON810, patentado por Monsanto y que es el que se planta en Aragón, la segunda, un tipo de patata destinada para hacer almidón. Ninguna de estas dos variedades llegan directamente al consumidor en Europa; el maíz se destina fundamentalmente a exportación y piensos, mientras que la patata se ciñe al uso industrial.
Pese a esto el debate se ha fraguado durante los últimos años en torno a los supuestos problemas que según algunas opiniones pueden causar al organismo y al medio ambiente. Organizaciones como Greenpeace han situado estos cultivos en su punto de mira, mientras que numerosos ayuntamientos -entre ellos el de Zaragoza- se han declarado zona libre de transgénicos.
Por su parte, la mayoría de la comunidad científica respalda la tesis de que los transgénicos aprobados por Europa son inocuos y que pasan unos exhaustivos controles por parte de las agencias de la Unión. El catedrático en Tecnología de los Alimentos de la UZ Miguel Calvo es uno de los científicos que mejor conocen la materia y los puntos positivos que puede tener el cultivo de transgénicos. "Si por mi fuera, haría obligatorio el algodón transgénico en el valle del Guadalquivir, porque es tremendo que junto a Doñana se empleen tal cantidad de insecticidas" comentaba en una entrevista con Heraldo.es, poniendo como referencia además un ejemplo en el que los transgénicos pueden ser beneficiosos para el Medio Ambiente.
En el otro lado se sitúan los agricultores que por motivos ambientales pero también económicos prefieren plantar maíz convencional, que sí que se destina a consumo humano. Juan José Mallén es el presidente de la Asociación de Productores de Maíz para Consumo Humano. Este agricultor de Binéfar entiende que además de requerir un mayor consumo de agua, los transgénicos pueden ser perjudiciales para el organismo humano, y que aunque en Europa no se permita su consumo directo este nos llega a través de los animales alimentados con ellos, como prueban algunos estudios.
Consumimos transgénicos aunque sea mínimamente
Sin embargo su posicionamiento también pivota sobre los perjuicios que trae a los agricultores que no quieren apostar por ellos. "Existe un problema y es que si yo planto maíz convencional porque es mi decisión, y porque además puedo conseguir mejores precios en el mercado, si lo hago rodeado de plantaciones de transgénico como sucede en Aragón, al final acaba quedando una trazabilidad en mi cosecha. Las semillas acaban llegando de un modo u otro a las plantaciones de consumo humano, y aunque se establecen unos límites, esto impide por ejemplo que una plantación se pueda convertir en ecológica, que aún daría más dinero", comenta Mallén, quien cree que más allá de convencimientos ecologistas este problema trae una pérdida económica para muchos productores.
Además, Mallén también explica que esta situación desemboca en que de una forma u otra, aunque mínimamente, todos acabemos consumiendo transgénicos. "Se permite una trazabilidad máxima del 0,9% de transgénicos en las producciones de consumo humano por este problema de contaminación entre cultivos. Las cooperativas que se dedican a la venta de este maíz intentan reducirlo al mínimo, pero en muchos casos siempre queda algo que acaba llegando al producto final", sostiene.
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