Valdepeñas, un vino con mucha historia
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En: elmundo.es, Digital - 23/11/2017
Valdepeñas y vino son una pareja unida desde hace miles de años. Casi tantos como las vides y cepas que pueblan las tierras de esta llanura castellano-manchega en la provincia de Ciudad Real. Valdepeñas fue de hecho cruce de caminos en un punto geoestratégico crucial para el desarrollo del comercio en general y del impulso vitivinícola particular gracias al cultivo de una uva de la que se extraen deliciosos caldos que han sobrevivido hasta hoy. Valdepeñas es tradición, es la historia de una tierra que esconde muchas.
El viaje comienza allá por el siglo V a.C, cuando se ratifica la producción de vino en la zona del Cerro de las Cabezas, un yacimiento arqueológico que se sitúa dentro de las 22.000 hectáreas que, en la actualidad, conforman el área de Denominación de Origen Valdepeñas. Saborear una copa de este vino y pasear por sus viñedos, muchos de ellos centenarios, supone revivir una historia fascinante que se retrotrae a los primeros pobladores que sucumbieron a la riqueza de esta tierra recorrida por el río Jabalón.
Los romanos fueron uno de estos pueblos y de ellos ha quedado el testimonio grabado en piedra, - ya sea en vías romanas, lápidas e inscripciones -, sobre el desarrollo de una floreciente actividad comercial, de su culto a la vid y su pasión por el vino. Valdepeñas se convertía así en un punto de confluencia cultual y económica gracias al comercio a través de las diversas rutas que la conectaban con las urbes más importantes de la época como Toledo, Córdoba y La Alhambra.
Sin embargo, no sería hasta la Reconquista hispano-cristiana, culminada con la victoria de Alfonso VIII en la batalla de Navas de Tolosa en 1212, cuando Valdepeñas se convierte en una tierra ligada a la vid y sus viñedos. Los documentos de la época recogen este fuerte vínculo y su propio nombre, Valdepeñas, se relaciona con el origen etimológico Valle de Peñas, gracias a la iniciativa de Doña Berenguela de aglutinar a varios municipios bajo este nombre. Los mismos diez municipios que hoy se dedican al cultivo y elaboración milenaria de estos vinos centenarios.
Un vino real
El buen hacer de los agricultores y el cuidado del producto a lo largo de generaciones permitió consolidar la actividad vitivinícola de Valdepeñas a partir del siglo XVI. Y así, de la humildad del trabajo en el campo, los vinos de Valdepeñas pasaron a formar parte de las bodegas reales y a servirse en banquetes regios con el traslado de la corte de Felipe II a Madrid.
Pero los Austrias no fueron los únicos en degustar estos vinos y con la llegada de la casa Borbón, y Carlos III a la cabeza, la producción de vino en Valdepeñas llegó a representar el 20% del monocultivo a partir del siglo XVIII. Junto a esta floreciente producción, el comercio constante con la capital permitió sufragar la construcción de dos puertas emblemáticas para los madrileños: La puerta de Toledo y la puerta de Alcalá.
De la industrialización hasta nuestros días
Ahora, la gran puerta que atravesó Valdepeñas para convertirse en un referente nacional e internacional gracias a la calidad de sus vinos fue con la entrada en el siglo XIX y al calor de la revolución industrial. Además de la consolidación de la vid como monocultivo de la tierra, el hecho de que Francia sufriera la plaga de la filoxera en sus viñedos situó al vino de Valdepeñas en una situación ventajosa. La creciente demanda impulsó la industrialización del sector convirtiendo el viñedo en el principal motor económico de la provincia de Ciudad Real.
Asimismo, con la llegada del ferrocarril, en 1861, las exportaciones no tardaron en producirse. Los vinos de Valdepeñas comenzaron a viajar en el denominado tren del vino conectando a diario hasta 25 vagones con la capital madrileña y, otros tantos, con las ciudades de Alicante y Valencia. Desde los puertos de éstas, los vinos de estas tierras cruzaron el charco hasta llegar a Filipinas, Cuba y otros países de Centroamérica. Era el comienzo de la expansión internacional que hoy llega a más de 100 países.
Sin embargo, esta intensa y creciente actividad tuvo un duro revés con el arranque del siglo XX. En 1900, Valdepeñas sufrió los estragos que 30 años antes había sacudido los viñedos galos y centroeuropeos con la llegada de la plaga de la filoxera. Esto, unido a los agitados acontecimientos políticos y sociales de comienzos de siglo del país mermaron el crecimiento de una actividad comercial, por otro lado, ya imparable. Valdepeñas y su industria en torno al vino resurgió con la implantación de cepas americanas, capaces de resistir los estragos de la filoxera y así surgió un vino con entidad propia.
De ahí a reconocer su Denominación de Origen en 1932 estaba a pocos pasos. Primero pasando por dar otro impulso científico industrial, estableciendo en la región la primera Estación Enológica y Campo de Experimentación. Un hecho favorecido por la rápida recuperación de la plaga y las especiales condiciones climatológicas de la tierra. Segundo, mediante la creación de la Federación Regional de Viticultores que reconoce la labor de los productores de entonces y que, en la actualidad conforman 2.500 agricultores. Y por último reconociendo a Valdepeñas como referente de calidad y producción genuina en territorio nacional con una carta de vinos que abarca grandes reservas, reservas, crianzas y vinos jóvenes que destacan por su intensidad cromática, estructura sólida y potente aroma. Valdepeñas es un vino, una tierra, una historia, hecha de muchas historias.
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